El arte es encontrar lo que nunca se ha perdido



miércoles, 20 de enero de 2010

Paisaje y metamorfosis

Tierra y acrílico 10. 173 x 300 cms. Arrojar, esparcir, aguar.

Pintores como John Jader Bedoya, que aparecen de tiempo en tiempo, son buenos para culminar las casi siempre anodinas discusiones -de la órbita exclusiva de quienes se ocupan sobre todo de sacar de sus sombreros de magos discusiones casi siempre recién envejecidas- que pretenden ponerle flechitas direccionales al arte. Y como todo ha sido cuestionado o puesto en la picota, pues nada lo ha sido, como ocurre siempre y con todas las cosas. Alguien baraja de nuevo y continúa la vida, sigue el arte. cuando es de verdad, cualquiera descubre que la obra de arte no está poniendo atención a nada distinto que a su creación, a la verdad sencilla que quiere poner ante los ojos del que mira, y al esfuerzo descomunal que ello significa.


Un asomo tangencial por la pintura colombiana le da al espectador un panorama rico y variopinto con opciones que van desde el naturalismo exquisito y preciosista, hasta la crítica casi enardecida que no omite la violencia y la ruina social, pasando por una abundante intermedio de poquedad y repetición exasperante. Sin dejar de observar que, a raiz de los profundos cambios sociales que implican, al igual, una movilidad humana trascendental en una sociedad voraz, desigual y de pésimo gusto, el concepto de paisaje ha variado radicalmente -, porque ha variado el sentimiento de la mirada: la de adentro y la de afuera.


El objeto de las pinturas de John Jader Bedoya: una naturaleza arrasada por la mano torpe del ser humano, en un tema imperecedero en tanto se trata del paisaje en un país y en un entorno donde hasta el más simple de los mortales bebe paisaje a mañana y tarde. Pero también aquí se ha perdido la inocencia. La naturaleza nos había mostrado los dientes. Nos devuelve el trato procaz que le damos al paisaje: quemas, invasiones urbanisticas, tala, saqueo forestal, explotación enrevesada, etcétera. Y como somos consustanciales, envenenando el aire, el verde y el agua, nos envenenamos.


No está lejos de ser una denuncia esta pintura, pero es ante todo un dolor visceral. es tan contundente y eficaz el bofetón a quien la enfrenta, como es bella, imponente y atrevida cada tela.


Formalmente, el artista arriesga y se sale de las convenciones que matan la creación por previsibles y perezosas. La altísima emoción concentrada que se percibe en una exposición así es la misma que se siente ante la presencia de algo extraordinario, como si estuviera por comenzar un episiodio definitivo para la vida (o para la muerte), o acabara de pasar hace un segundo.


Luis Germán Sierra J.
Promotor Cultural Biblioteca Central Universidad de Antioquia.

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